De un tiempo a esta parte, sobre todo desde el 11-M aunque preexiste a éste, se advierte una común conciencia que ha sustituido a la religión como liturgia y creencia compartida. Esta religión tiene como único mandamiento el miedo y como iglesia oficial precisamente al Estamento Oficial. El sector de los privilegiados en esta nueva sociedad feudal es la inquisición de esta nueva religión. Sector privilegiado que necesariamente ha de coincidir con el estamento progresista, dado que es ese difuso bien común, que como concepto monopoliza el progresismo, el que justifica una serie de privilegios en favor de unos -ellos- y en contra de la libertad de todos. El ultraprivilegio laboral de los funcionarios y sindicalistas es uno claro, pero ni el único ni el más importante. Es ese mismo bien común el que sirve de fundamento al terrorismo progresista, pues genera un atroz miedo, por otra parte basado en amenazas o falsas o exageradísimas, a una serie de catástrofes apocalípticas de las que sólo podemos librarnos cediendo, dicen estos apóstoles satánicos, nuestra libertad individual al Estado.
"La voluntad nacional es una de las palabras de las que los intrigantes de todos los tiempos y los déspotas de todas las épocas han abusado más. Unos han visto su expresión en los sufragios comprados por algunos agentes del poder; otros en los votos de una minoría interesada o temerosa, y los hay, incluso, que la han percibido plenamente formulada en el silencio de los pueblos y han deducido que del hecho de la obediencia nacía para ellos el derecho de mando"
A.Tocqueville, "La Democracia en América"
sábado, diciembre 26, 2009
MANOS INVISIBLES
lunes, noviembre 30, 2009
"Politiqués"
“Sé que sigue siendo posible un camino de entendimiento […] y defiendo la Constitución y defiendo el Estatuto, y defiendo el contenido del Estatuto porque así lo votó el pueblo de Cataluña, y por supuesto he dicho lo que he dicho y también he dicho otras cosas, como por ejemplo que no vamos a renunciar nada de lo que recoge el Estatuto.”
(José Montilla. Presidente de la Generalitat de Cataluña. 30/11/09)
Montilla dixit. Todo un logro, acertó a decir un par de frases sin balbucear.
No, desde luego, el “politiqués” ya no es no que era. Sería fácil cargar las tintas con el “florentino” Montilla (florentino por lo que tiene de apuñalador), pero es evidente que el “politiqués”, la jerga política, ha terminado por degradarse hasta extremos lamentables.
Llegó a ser un arte, una sutil forma de no decir nada, de dejar claro un sobreentendido sin mencionarlo, de mostrar lo que se piensa diciendo lo contrario, de callar perorando, de gritar callando, incluso de contradecirse con ironía. Maquiavelo y Gracián, dos maestros que deberían ser leídos.
Hoy sin embargo el “politiqués” es poco menos que una lengua muerta. Una necia jerga que aprende el político como un autómata, viciada, repleta de lugares comunes y obviedades, una papilla que toma por discurso y que incluso se filtra a través de todo su ser haciendo que su propio equipaje intelectual quede reducido a eso. Un político es una caricatura, como su lenguaje.
Ni “príncipe” ni “discreto”. Montilla exhibe con su jerga lo que es, una cáscara huera con aires, una mediocre nulidad que se aferra a su sillón, y que cuando nota que le pueden empujar, amenaza.
Ha dicho lo que ha dicho, y también ha dicho otras cosas.
Valencia 30 de noviembre. Un viento gélido capaz de helar sonrisas idiotas. La cara del contribuyente.
domingo, noviembre 29, 2009
La Farsa
En marzo de 2008 escribía lo siguiente:
“Las democracias se corrompen no por dejación de los ciudadanos a la hora de votar, sino por la pretensión de unos y de otros de ver en ese tipo de ficciones algo más que una comedia necesaria. Es decir, cuando unos y otros, votantes y representantes, acaban creyéndose aquellos papeles que la ficción ofrece. Y así unos se creen representantes auténticos de voluntades populares que jamás se equivocan, y se pretenden a salvo de cualquier control ciudadano; y otros, que no existe más verdad que la mayoritaria, pudiendo así despreciar y obviar opiniones y actitudes que son minoritarias. No hay mayor estupidez que creer una farsa, pretender seguir actuando cuando el telón ha caído. Y este tipo de estupideces nunca salen gratis, acaban abriendo las puertas al populismo y la servidumbre.”
Resulta extraño leerse después de tanto tiempo, analizar lo que uno dijo (o escribió) a la luz de los acontecimientos, siempre imprevistos aunque ya se entrevieran. Es cierto, por muy previsible que el fututo pueda ser siempre acaba por sorprender, como le sorprende el predador a la presa.
Hablamos de farsa, de estupidez o de interés. Hay farsa, desde luego, farsa consentida y representada. También estupidez, la estupidez de la repetición, de la credulidad simplona, y sobre todo hay interés. Pero a menudo farsa, estupidez e interés se mezclan en una misma cosa, es el contexto, el sobreentendido.
Es lo que hace a unos seguir representado papeles en los no creen, a otros en empeñarse en no despojarse de los harapos de actores de reparto pese a que la función hace tiempo que ya terminó, y al resto a aprovecharse de la situación. Pero nadie termina por abandonar el proscenio, unos por fingida ironía, otros por verdadera estupidez, y los últimos por evidente interés.
Nuestro contexto es algo que yace muerto, apagadas las luces, vacías las butacas, el proscenio sigue repleto de actores, tramoyistas, apuntadores, y tipos que andan de acá para allá mirando. Unos, prestos a salir pitando con la recaudación, esperan un momento a embolsarse un euro más, otros perdidos y cegados por las luces seguirán declamando como imbéciles en medio de la nada, algunos, los últimos, se encargarán de apagar las luces, y levantar acta.
Ese contexto alguna gente lo llama Constitución del 78.
Quizá sea una terea inútil intentar entender ese contexto, o no, quién sabe.
Hace meses decidí callar, refugiarme en paraísos privados, escribir (ya sólo para mí), y asistir con la mayor dignidad posible al un colapso que creí inevitable.
Volver a escribir de manera pública no añadirá nada, lo sé, pero será al menos una forma de ordenar ideas, nada más.
Valencia, 29 de noviembre. Cielo plomizo y una fina pátina de lluvia gris que ha lamido las calles. Un asco.
sábado, junio 06, 2009
Yes, we can... go to the beach

Confieso que apenas he seguido esta campaña electoral, me han llegado ecos, rebuznos, y cacaofonías, pero vaya por delante que no ha sido culpa mía. Mi natural espíritu investigador me pedía volver a observar con el asombro del entolomólogo las evoluciones de estos curiosos especímenes, que hilan sus vanidades y prebendas con la misma fruición con la que aseguran su futuro.
Pero mi psiquiatra me lo ha prohibido terminantemente.
Ni seguimiento, ni mucho menos perpetración alguna de entrada o crónica diaria de campaña, como ya hice en la anterior campaña de las generales de 2008 en otro difunto blog.
Los síntomas de mi trastorno se agudizan peligrosamente. Lo sé; lo reconozco. Ya no robo saleros en los restaurantes, demente colección que amenaza con desbordarme, sino que me he convertido en un auténtico cleptómano. Por otra parte me demoro inútilmente contando objetos sin interés, ejecuto extraños rituales antes de abordar nada, como por ejemplo alinear la silla de mi despacho exactamente con las líneas de suelo, tarea que me cuesta horrores y que mido con disparatada precisión, o cambiar absurdamente y con frenético interés, los libros de mi biblioteca, intentando encontrar alguna combinación cabalística que asegure alguna armonía que desconozco, o despierte a un dormido golem hecho de cartón y papel: Samsa esperando en el paredón de fusilamiento, recordando el hielo que el coronel Aureliano Buendía fabricó en un lugar de la Mancha, justo el día en que ella, Lolita, la nínfula perfecta, miraba con malicia a un atribulado Dorian Grey, que intentaba ocultar la abyección del crimen cometido, una vieja usurera, en un subsuelo infestado por cronopios, como un jugador oculta su ruina. Pensamientos que me invaden, y me fagocitan.
Sé que todo ello no es normal.
Mi psiquiatra dice que es una especie de válvula de escape de mi psique. Mi psiquiatra siempre dice “psique”, y no “mente”, o “inconsciente”, o “mollera”, o “sesera”, o “entendimiento”… también tiene una irrefrenable tendencia a salpicar sus frases con la palabra “atávico”: miedo atávico, fijación atávica, deseo atávico, pensamientos atávicos, incluso turbación atávica, cuyo significado ignoro por completo. Asegura que mi lívido busca de manera inconsciente la satisfacción de deseos reprimidos, y por supuesto atávicos, escenificados de forma histérica en mis obsesiones y manías. Que siento envidia de los políticos, de su querencia por la exhibición, por la adulación de multitudes idiotas, por el inusitado interés que provocan palabras vacías, o completamente cretinas. Dice que en el fondo deseo ser como ellos. La represión actúa en forma de crítica implacable, débil barricada que apenas puede ocultar la verdad. Y que el horror que me provoca semejante posibilidad hace que aparezcan esos síntomas. Los síntomas son cada vez más evidentes, y según mi psiquiatra, mi deseo también.
Mi psiquiatra es un imbécil; un imbécil atávico.
¿Cómo puede asegurar algo así? ¿No puedo padecer como todo el mundo un Edipo vulgar? Amo a mi madre, odio a mi padre y mi superyó reprime ese deseo haciendo de mi alguien con un comportamiento social aceptable. Pues no. Resulta que mi inquina manifiesta hacia los políticos, mayormente españoles, es el fruto de mi secreta aspiración a ser como ellos, a ser uno de ellos.
No, no es cierto – me digo-, cómo podría serlo, como podría anhelar decir estupideces histórico-planetarias (¡Atención Planeta Tierra, atención!) ante poderosos sin que éstos osen reírse; o darme un baño de multitudes con un traje completamente nuevo, mientras mis acólitos claman como autómatas agitando banderitas a la hora de la conexión televisiva; o hacer profundos análisis ético-biológicos sin que se me estropeen las mechas; o fumarme los brotes verdes como si fueran marihuana; o dedicarme a la video-agitación subvencionada a costa del contribuyente; o pilotar un Falcon nuevecito para ir al circo; o ejercer de Gran Padrino para favorecer a mis allegados nepotes; ocultar secretos bajo capas de comisiones hábilmente gestionadas; hacer de la retórica, de la nulidad, un recurso….
Cómo podría, me digo. Pero quizá un secreto deseo anide en mí. Y así debe ser, puesto que la minuta del psiquiatra me cuesta una pasta. Brujas, como Macbeth, o psiquiatras, al cabo son lo mismo.
Me miro en el espejo y me pregunto quién soy.
-Quizá me reinvente todos los días –pienso-, y elabore con precisión una máscara que vele mi identidad. Quizá no soy tan diferente, y lo que intente no sea sino huir de mi mismo.
Tumbado en un diván, y frente a una reproducción de un cuadro de Paul Klee, discutimos:
-Hay que afrontar la realidad –me dice mi psiquiatra-. Aceptar y reconocer esos deseos reprimidos es el primer paso para la curación.
-Y una mierda –respondo-. Yo no estoy enfermo.
-¿Cómo que no? Usted padece un cuadro clásico de Trastorno Obsesivo Compulsivo. No puede negarlo, en realidad lo que usted intenta ahora es transmutar todo ello en una suerte de miedo atávico.
-Me gustan los atavismos, qué pasa, cuando era más joven me liaba un canuto de atavismos y me lo fumaba entre risas… No he dicho que no me pasara nada… simplemente le digo que no estoy enfermo.
-Sí lo está
-Le digo que no
Mi psiquiatra me ha recomendado una solución de compromiso:
-Olvídelos –me dijo-. Aunque sólo sea por un tiempo. Este domingo, por ejemplo, márchese a la playa, y piense que no son nadie.
-Como si no me afectaran
-Eso es. Como si estuviera a salvo de todos ellos.
-En realidad es lo que debería hacer. No tengo que justificarme ante nadie, y menos ante ellos, o ante la tribu de opinantes que hablan de no sé qué deber ciudadano cuando hay elecciones.
-Más o menos
-Como Omar Jayyam…
-¿Omar Jayyam?
-Oh, un tipo nada atávico. Le gustaba el vino, las mujeres, las matemáticas y la poesía… Intentaba refugiarse en todo eso
-Eh… Creo que la visita ha terminado… pida hora para la semana que viene.
De manera que eso es lo que haré mañana domingo. Ignoro cuanta gente hará lo mismo, personalmente pienso que no se merecen siquiera que los utilicemos como excusa.
El lunes seguiré preso de mis filias, mis fobias, mis manías. Seguiré escribiendo de manera compulsiva, irritando a mis amigos, que opinan que debería hacer ya algo de una puñetera vez con todo eso que voy almacenado en un disco duro, pero qué voy a hacer si sólo es un recurso de locura.
Lo único que siento es no vivir en California. Vivo a orillas de Mediterráneo, que tampoco está nada mal, pero no podré ver a una hora decente el segundo partido de las finales de la NBA. Ver como mi equipo de toda la vida, los Lakers, logran ganar –seguro- el segundo partido y acariciar ese decimoquinto título de la NBA (a sólo dos de los Celtics). Ver a la mamba negra ametrallar el aro rival, y a su compañero inseparable, un chaval de Sant Boi que hasta hace unos años también veía los partidos de la NBA por la tele, como yo.
Allí, en Los Angeles, no dicen tonterías del tipo: Yes, we can, sino Go, Lakers go, y lo dicen tipos como Jack Nicholson, cuyo médico personal debe ser el conservador de la momia de Lenin, siempre está igual, sentado en primera fila, con sus gafas negras y su novia de turno, el jueves le volví a ver.
El lunes, después de un día de playa, buscaré en los diarios digitales el resultado de ese partido. Lo demás… caerá en el olvido, como todo.
viernes, mayo 29, 2009
Estos somos
Con estos personajes es imposible hacer una epopeya. Nos movemos en la picaresca, pero sin gracia alguna. Necesitamos aire, gente nueva, y sentido del ridículo.
Y necesitamos, como respirar, un sueño.
Abramos las ventanas, que entre el aire y se lleve toda esta putrefacción.
Emigremos en espíritu a América.
martes, mayo 12, 2009
UNA DECIMA DE SEGUNDO
Había sido todo tan fácil. Pensar que el mundo estaba contenido en una décima de segundo, un universo infinito acotado por algo que éramos, casi, incapaces de percibir. Un instante lleno de posibilidades.
Y recorríamos noches enteras, escondiéndonos por los márgenes, persiguiendo instantes que sabíamos falsos, quemando con desesperación motas de tiempo que supimos que no eran nada, que podían romperse como burbujas, estallándote en la cara en una explosión de colores de plástico y risas. Y no nos importaba, porque la noche estaba llena de ellas, décimas de segundo que se nos escapaban de las manos sin importarnos. Una, y otra, y otra, y otra… todas eran iguales, y al mismo tiempo, distintas.
Entonces lo supimos, descubrimos sin que nadie nos lo dijera que el tiempo era un minúsculo punto que nada significaba. Ese instante de lucidez donde todo se confunde, pasado, futuro, presente infinito y eterno. Y el movimiento no era nada, sino un permanente estado de embriaguez, un carrusel de plenitud, una fermata suspendida en la nada. Siempre tuvimos aquel paraíso.
Algunos, simplemente, no creímos que fuera cierto, nos engañamos y sospechamos que todo aquello no fue sino un momento cegador y fulminante, un oropel que nos sedujo cuando nos creímos héroes. Nos quedamos con el recuerdo. Caímos presos del tiempo.
He acabado por acostumbrarme a su sabor. Amargo y suave. Aceptar que su calor letal recorra mis venas. Que me invada un falso bienestar. Cada día veo sus efectos en mi piel, en mis ojos, en mi mirada. Y sitúo con vergüenza todo aquello en un lugar de mi memoria. Como si fuera un hoja de papel leía y ajada. Que leo, arrugo y arrojo a la papelera para volver a desplegarla y leerla de nuevo, creyendo que así la hago mía. Eso es el tiempo. La prisión en la que algunos quisimos encerrarnos. Los recuerdos no son nada, humo, hojas arrugadas en la papelera que simulan llenar la vida.
Tú también llegaste a ser un recuerdo. Mientras recordábamos aquellos días, como si nos pertenecieran, nos preguntábamos qué sería de ti. La gente decía cosas, hablaban de monstruos, fantasmas y pozos negros que te acosaban. Pero seguías apareciendo, tu imagen, gastada –pero éramos nosotros, prisioneros del tiempo, quienes la veíamos gastada-, aparecía por televisión. Y nos decíamos, aún sigue ahí. Anclado en un presente inmóvil te veíamos como el punto de fuga de nuestras vidas. Y entonces volvíamos a creer que todo aquello pudo ser, y que quizá lo tuvimos en la mano y se nos escapó. Siempre hablábamos en pasado.
Te reías de nosotros. Nos decías que tú no habías caído en esa falacia, que a pesar de todo, a pesar de todo aquello que decían de ti, seguías poseyendo aquello que nosotros dejamos abandonado, el día que empezamos a creer que el tiempo era algo real.
Y ahora, como siempre, luchas contra gigantes, has entrado en un mundo descomunal, y ya no hay tiempo, quizá nunca lo hubo.
Y yo, que oigo hoy palabras incomprensibles que los demás gritan, retales de realidad que me niego a entender, salgo de mi autismo para volver a verte en un recuerdo, única cosa que ya me pertenece.
El resto es silencio…













